ENTREVISTADirector del Centro Integral en Neurociencias AC (HM CINAC) José A. Obeso: “Las enfermedades neurodegenerativas serán la epidemia del siglo XXI”

Este neurólogo lleva más de 30 años dedicado al cuidado de pacientes con la enfermedad de Parkinson y a su investigación

Una de sus especialidades es el estudio de la causa que provoca la alteración de las neuronas y el papel de os circuitos cerebrales en la neurodegeneración

La capacidad del cerebro humano para realizar muchas tareas de forma automática a la vez que otras que requieren más atención es una ventaja evolutiva, aunque el aumento de la esperanza de vida la podría convertir en una característica que nos lleve a sufrir párkinson o alzheimer. Esta es una de las hipótesis con las que trabaja el doctor José A. Obeso, que la semana pasada recibió el Primer Premio Honorífico a la Excelencia en la Trayectoria Científica, otorgado por la Fundación AstraZeneca durante la IIIJornada Jóvenes y Ciencia: Impulsando el Talento Científico, que se celebró en el Instituto de Salud Carlos III de Madrid. Allí, habló con EL MUNDO sobre el progreso en el tratamiento del Parkinson, las señales de alarma y la calidad de vida del paciente.

¿Cómo han evolucionado las terapias del párkinson a lo largo de su trayectoria?
Se ha pasado de un único tratamiento sintomático a actuar no sólo en los síntomas, sino en la enfermedad.
¿Cuáles son las características de esta enfermedad?
La principal es la pérdida de dopamina [un neurotransmisor fundamental en la función motora del organismo] porque se mueren las células que lo fabrican, y esto conduce a que el control de los movimientos se altere. El tratamiento esencial del estado parkinsoniano es reemplazar el déficit de dopamina, igual que se hace con la diabetes y la insulina.
¿Cuáles son los tratamientos que mejor funcionan?
Antes de que yo empezase en neurología, justo hace ahora cincuenta años, se probó que la levodopa se convierte en dopamina en el cerebro y tiene un efecto terapéutico. Reponer el déficit de dopamina sigue siendo el objetivo primario del tratamiento de la enfermedad. Ahora hay múltiples formas de hacer ese reemplazo, y cada vez se hace de forma más cercana al proceso fisiológico.
¿Qué mejoras ha habido?
Ha pasado de ser una enfermedad altamente incapacitante a ser incapacitante, y de reducir la esperanza de vida a que ésta sea cercana a la de la población general. Actualmente, en nuestro medio, se vive y se envejece con párkinson. Es la primera enfermedad neurodegenerativa con la que se consigue.
¿Es una enfermedad que afecta sólo con edad avanzada?
El diagnóstico se sitúa en torno a los 60 años, pero un 25% de las personas con enfermedad de Parkinson lo inician antes de los 44 años. A esto se suma que, a los 20 años de evolución, la persona ha envejecido claramente y, a parte de la pérdida de mecanismos fisiológicos del sistema nervioso, está el efecto de la enfermedad, y la dolencia se hace diferente. Esto ha generado el verdadero reto, que es intentar detener la enfermedad de manera que se viva y envejezca sin que se amplifique por efecto del paso del tiempo y del envejecimiento. Ya hemos conseguido que se viva más con la enfermedad, ahora donde más expectativas hay puestas es en reducir la progresión del proceso. Para ello, hay que actuar de forma precoz, es parte del éxito terapéutico, al igual que con el Alzheimer o el cáncer.
¿Hay síntomas precoces?
De media, siete años antes del diagnóstico ya hay manifestaciones, en algunos casos hasta 15 años, pero son sutiles o demasiado generales como para que puedan tener especificidad diagnóstica. Comienza con unas manifestaciones muy específicas y benignas:que tiemble un dedo, que bracee un poco, o que se arrastre una pierna. Si lo parásemos ahí sería una enfermedad benigna todo el rato. Lo que pasa es que a los 10, 20, 30 años del diagnóstico, la enfermedad se va ampliando: afecta al equilibro, a la articulación del lenguaje, al sueño y, sobre todo, a la cognición.
¿Qué le ocurre al cerebro de una persona con párkinson?
Se mueren neuronas, se atrofian. Y donde hay muerte neuronal, hay inflamación, por lo que se dan procesos que se autoamplifican. Va afectando a más zonas, el mapa se amplía. Y cuanto mayor es el área, más problemas hay. Todas las neurodegenerativas son similares en ese sentido.
¿La calidad de vida del paciente ha mejorado?
En los primeros diez años hay un 80% o 90% de normalidad, aunque depende mucho de la edad de inicio de la enfermedad. Lo que yo le digo a mis pacientes es que el problema está en que, inevitablemente, se asocia a problemas del envejecimiento, como caídas.
¿El aumento de la esperanza de vida hará más frecuentes las enfermedades neurodegenerativas?
Sin ninguna duda. Serán la epidemia del siglo XXI. Me encanta pillar a los políticos en estas cosas y decirles:”Como tú no haces nada, también te va a pillar a ti”.
¿No se le dedica la atención que requiere?
La población envejece y las enfermedades neurodegenerativas son más prevalentes, y altamente incapacitantes en las últimas etapas de la vida. Es un tema de salud pública de la misma importancia que el cáncer o los problemas cardiovasculares. El doctor Fuster lo dice muy bien:la patología cardiovascular se puede mejorar mucho y hacer una gran labor médicosocial con educación y prevención, porque los hábitos de vida son el principal condicionante. El cáncer tiene un hábito de vida, por ejemplo, el tabaco, y un componente molecular, genético. La enfermedad neurodegenerativa tiene bastante menos de hábito de vida y gran componente de mecanismo. O se investiga o perecemos. El impacto que tendrá en Europa y Norteamérica, en los países ricos, es como el del cambio climático, pero a otro nivel:ya lo sabe todo el mundo pero hacemos muy poquito por evitarlo. O las paramos o nos paran.
Hace poco se celebró el Día Mundial del Alzheimer, otra de las grandes enfermedades neurodegenerativas. ¿En qué se trabaja?
Una de las grandes novedades es la aplicación de ultrasonidos de baja frecuencia. Se está haciendo con Alzheimer y nosotros empezaremos a aplicarlo en demencia y Parkinson en breve. Consiste en aplicar mecanismos físicos, un campo totalmente diferente a lo que se ha hecho hasta ahora.

 

 

fuente

 

Cómo la enfermedad hizo que Michael J. Fox pasase de superestrella juvenil a héroe maduro

 

Al protagonista de ‘Regreso al futuro’ le diagnosticaron Parkinson a los 29 años y le dijeron que solo podría trabajar diez más. 28 años más tarde sigue sin rendirsemichael J Fox

El actor Michael J. Fox recoge un premio Golden Camera homenaje a toda su carrera en Berlín en 2011. CORDON PRESS

Una tarde de otoño en 1984, Michael J. Fox (Edmonton, Canadá, 1961) almorzaba durante un descanso del rodaje de Teen Wolf (De pelo en pecho). Su comida era un batido, que él sorbía con una pajita porque las prótesis faciales le impedían abrir la boca. De repente, aparecieron los operarios de rodaje de Regreso al futuro, una fantasía de aventuras producida por Steven Spielberg y protagonizada por Eric Stoltz. “Yo conocía a Crispin [Glover, quien interpretaba al padre de Stoltz] y pensé: ‘Mierda, Crispin sale en una peli de Spielberg y yo aquí en Pasadena maquillado como un hombre-lobo y bebiendo un batido en pajita”, recordó Fox.

“Las representaciones de los personajes con discapacidad en televisión suelen ser sentimentales, con música de piano suave de fondo y yo quería demostrar que los discapacitados pueden ser gilipollas también”

Michael J. Fox

Michael J. Fox había dejado el instituto a los 17 y su padre conducía los 2000 kilómetros que separan Vancouver de Los Ángeles cada vez que tenía una audición. A los 20, ya establecido en California, Fox vendía sus muebles para pagar comida. A los 21 consiguió un papel en Enredos de familia, una telecomedia donde interpretaba a un adolescente hijo de ex-hippies pero admirador de Ronald Reagan. Teen Wolf (De pelo en pecho) era su primer protagonista en cine.

Eric Stoltz era un actor de método heredero de Pacino, Hoffman y Nicholson. Construía sus personajes de dentro a fuera, exigía que todo el mundo se refiriera a él como “Marty McFly” –porque jamás salía del personaje– y discutía constantemente con el director, Robert Zemeckis, sobre las motivaciones y la psicología de Marty. La actitud de Stoltz complicaba el rodaje, pero el estudio habría pasado por alto sus broncas, su excentricidad y su agresividad si al menos diese bien en cámara. No era el caso. Eric Stoltz se tomaba tan en serio su personaje que resultaba incómodo de mirar y ningún chiste parecía un chiste.

Así que tras seis semanas de rodaje y en un movimiento inédito en Hollywood, Zemeckis y Spielberg acordaron con el estudio reemplazar a Stoltz y rodar todas sus escenas de nuevo aunque eso subiera el presupuesto de 16 a 19 millones de dólares. Sabían que la película lo merecía. Sabían que tenían un bombazo entre manos, pero que con Stoltz les iba a explotar en la cara. Como explicaría Zemeckis años más tarde, Stoltz interpretaba al personaje de Marty McFly pero Michael J. Fox era Marty McFly.

Michael J. Fox con su esposa, Tracy Pollan, en un evento en Nueva York en 1995.
Michael J. Fox con su esposa, Tracy Pollan, en un evento en Nueva York en 1995. GETTY IMAGES

En realidad Fox siempre fue la primera opción para Regreso al futuro, pero su calendario en Enredos de familia le impidió participar (él nunca llegó a enterarse de esta negociación, llevaba a cabo entre las productoras sin consultarle) y esta vez Zemeckis apostó por su primera corazonada e hizo todo lo posible por encontrar una solución: Fox rodaría la película durante los ratos libres de la serie (por la noche, al amanecer, los fines de semana).

En 1985, Regreso al futuro se convirtió en la película más taquillera del año, Michael J. Fox en el adolescente más famoso del planeta (aunque tuviera 24 años ya) y hasta Teen Wolf (De pelo en pecho) acabó siendo un éxito sorpresa. En aquella misma temporada pasó de competir en los Emmy como secundario a ser nominado como protagonista por Enredos de familia. Lo ganó.

“Pasé de ser un chaval al que las chicas no le daban ni la hora a leerles la hora yo a ellas desde el reloj de su mesita de noche”, contó a la edición estadounidense de Esquire. “Yo tenía esa imagen de chico mono y abrazable que, mientras me sirviera para echar un polvo, no me importaba demasiado”. Fox era lo contrario a un actor de método. Era un disfrutón. Los adolescentes no querían ser como él, sino que sentían que ya lo eran. Cuando le preguntaban por su técnica interpretativa, Fox desmitificaba su trabajo repitiendo aquel mantra de Spencer Tracy: “Apréndete tus líneas y no te choques con los muebles”.

Una mañana de martes de noviembre, en 1990, Michael J. Fox se despertó en la suite presidencial del hotel Gainsville de Florida con un temblor en el dedo meñique de la mano izquierda que él achacó a la resaca. Tenía 29 años. El actor bebía a diario para soportar sus miedos a que toda su carrera se derrumbase: la trilogía Regreso al futuro acababa de terminar, Enredos de familia también y, al borde de la treintena, sus papeles adultos estaban fracasando de tal modo que recurrió a Doc Hollywood, la que sería su última película con espíritu adolescente. La vida adulta de Fox ya parecía escrita: sería recordado para siempre como un ex-niño prodigio, a pesar de que se hizo famoso con 24 años, y se pasaría el invierno de su carrera firmando autógrafos en convenciones de fans y diciendo “Qué fuerte, Doc” cada vez que alguien le cediera un micrófono. Y cuando ese parecía el peor escenario posible, un doctor le diagnosticó Parkinson, una enfermedad degenerativa que afecta al sistema nervioso, y le dio diez años más de carrera profesional.

El papel que hizo famoso a Fox: el de Marty McFly en 'Regreso al futuro' (1985). En la imagen, con su compañero de reparto Christopher Lloyd.
El papel que hizo famoso a Fox: el de Marty McFly en ‘Regreso al futuro’ (1985). En la imagen, con su compañero de reparto Christopher Lloyd. CORDON PRESS

Fox recuerda que durante meses lo único que hizo fue beber para no tener que enfrentarse a la vida en la que él había atrapado a su mujer y a su hijo de dos años. Una mañana se despertó en el sofá, apestando a alcohol, con su hijo de tres años gateando sobre él y media lata de cerveza aún en el suelo. Cuando abrió el otro ojo se encontró a su mujer, Tracy Pollan (quien interpretaba a su novia en Enredos de familia y con quien se casó en 1988), mirándole sin rabia ni asco, sino con indiferencia. Fox entró en tratamiento aquel día y no ha vuelto a beber desde aquella mañana. “A causa de mi enfermedad, a veces pierdo el equilibrio. A veces arrastro las palabras. A veces me choco con la pared. A veces no recuerdo el nombre de la gente. ¿Por qué iba a querer beber para manufacturar un estado en el que ya vivo?”, bromeó durante una entrevista con Rolling Stone.

Una noche, mirando la televisión, Michael J. Fox sufrió una emboscada. El asaltante era una versión joven, sana y en control de sus facultades motoras de sí mismo y el actor no fue capaz de cambiar de canal. Al día siguiente Fox llamó a Lonnie, la mujer de Muhammad Ali, para preguntarle acerca del horror de enfrentarse a uno mismo en el pasado. La mujer de Ali le aclaró, tal y como cabría esperar del púgil megalómano, que le encanta verse a sí mismo y que jamás se cansa de mirarse.

En 1998, incapaz de seguir disimulando los síntomas, Michael J. Fox habló en público sobre su enfermedad. Dos años después, justo cuando su médico había vaticinado el final de su carrera, abandonó la telecomedia Spin City, que él protagonizaba y llevaba emitiéndose con éxito desde 1996. En su última aparición se tomó la licencia de, enfundado en una cazadora universitaria que le hacía parecer aquel adolescente pero con rasgos exhaustos, saludar al público con emoción resignada y abrazar uno por uno a sus compañeros de reparto. Se saltó el guión como solo las telecomedias grabadas en decorados permiten, pero también como un deportista que tiene que renunciar a su vida demasiado pronto.

La emocionante secuencia en la que Michael J. Fox se despide de sus compañeros de ‘Spin City’. La serie siguió emitiéndose durante dos años más sin él.

Sin embargo, Fox recordó su propia mentalidad en el colegio cuando, dada su estatura (mide 1,62), siempre le elegían el último en los deportes: “Si me coges el último, haré todo lo que pueda para dejarte mal”. Desde aquella retirada (que no fue tal) ha publicado tres libros, ha recaudado más de 400 millones de euros con su fundación The Michael J. Fox Foundation y ha aparecido en nueve series de televisión. Sobre The Good Wife, donde interpretaba a un villano, explicó que “las representaciones de los personajes con discapacidad en televisión suelen ser sentimentales, con música de piano suave de fondo y yo quería demostrar que los discapacitados pueden ser gilipollas también”. En Curb Your Enthusiasm, Larry David le echaba en cara que exagerase sus síntomas para irritarle. Y en The Michael J. Fox Show, su regreso como protagonista en 2013, contó con humor el día a día de una familia cuyo padre tiene Parkinson: el público le aplaudía cada vez que irrumpía en el decorado, porque veían a un enfermo de Parkinson, pero su familia no. Ellos no hacían concesiones y en la primera escena de la serie, mientras Fox trataba de coger con cuidado dos huevos, su mujer le decía: “Por Dios, Mike, no hay tiempo para una victoria moral, tenemos hambre”.

“La gente me mira con miedo y tristeza en sus ojos” explicó el actor. “Aunque yo esté bien, la gente tiene miedo. No me gusta provocar lástima. Ojalá fuera yo el autor de esta frase, pero no lo soy: la lástima es una forma benigna de abuso”. Sus amigos le llaman Ghandi porque se pasa el día recitando proverbios (“mi felicidad crece en proporción directa a mi aceptación y en proporción inversa a mis expectativas”) o parábolas (“si un grupo de personas se sienta en círculo, cada una pone su peor problema en el centro y luego tienen la opción de coger otro, todas cogerán el suyo de nuevo”). Pero Michael J. Fox no es un líder espiritual, sino alguien que aspira a dejar atrás un mundo en el que el Parkinson está más visibilizado, más socialmente asimilado y más cerca de una cura. Incluso sueña con bailar en las bodas de sus cuatro hijos (Sam, de 29 años; las gemelas Aquinnah y Schuyler, de 23; y Ésme, de 16), ninguno de los cuales le ha conocido sin Parkinson. “Si les preguntases cómo me describen, pasarían por una larga lista de adjetivos antes de siquiera pensar en el Parkinson”, aseguró el actor al periódico británico The Guardian.

Una de las más recientes apariciones públicas de Michael J. Fox: con su esposa Tracy Pollan en la gala Museum of Modern Art Film Tenth Annual Benefit en 2017.
Una de las más recientes apariciones públicas de Michael J. Fox: con su esposa Tracy Pollan en la gala Museum of Modern Art Film Tenth Annual Benefit en 2017. CORDON PRESS

“Cuando recibí el diagnóstico decidí trabajar solo en cosas que me gustaban, algo que no creo que hubiera hecho de estar sano –reconoció en esa misma entrevista– porque había demasiado ego. Si no fuera por el diagnóstico, tampoco habría dejado de beber y quizá mi mujer y yo nos habríamos separado por ello”. ¿Acaso le ha acabado viniendo bien la enfermedad? “Si Dios, o Buda, o Bill Gates, o Sergey Brin pudieran curarme, no creo que lo aceptase. Porque no habría vivido lo que he vivido y aún puedo hacer lo que quiero: al fin y al cabo, sigo pudiendo hacer series. ¿Qué he perdido entonces?”, reflexionó Fox, quien también aseguró sentir compasión por aquel joven que durante el rodaje de Regreso al futuro hizo instalar ceniceros en todos los márgenes del plano para fumar mientras no estaba en pantalla. “No apreciaría las cosas que aprecio hoy de no ser por mis experiencias”, concluye.

“La gente me mira con miedo y tristeza en sus ojos. Aunque yo esté bien, la gente tiene miedo. No me gusta provocar lástima. Ojalá fuera yo el autor de esta frase, pero no lo soy: la lástima es una forma benigna de abuso”

Michael J. Fox

Han pasado 28 años desde que le dijeron que le quedaba una década de carrera profesional y, al margen de su enfermedad, Michael J. Fox está en plena forma: practica pilates, sigue una dieta estricta, juega al golf y mantiene una vida sexual activa (“lo que nunca está claro” matizó, “es quién va a ser el agente en movimiento”). Asegura que el Parkinson le ha hecho mejor actor porque siempre dudaba qué hacer delante de la cámara y ahora tiene que reaccionar a los espasmos de su propio cuerpo para incorporarlos a la escena: “Ya no me preocupo de lo que quiero hacer o cómo quiero mirar porque una vez ahí quizá no sea capaz de hacer eso o de mirar así, quizá no pueda ni agarrar el vaso”.

Este no es el futuro que le correspondía a Michael J. Fox, pero es el presente que le ha tocado. “Muchos enfermos de Parkinson se encierran en sus casas porque les da vergüenza que les vean así. ¿Así cómo? ¿Tal y como eres?”. Para muchos, su discurso casi católico de “todo ocurre por una razón” sonará desesperado, ingenuo y un poco iluminado, pero Michael J. Fox es un tipo que un día estaba comiendo su almuerzo con pajita y una máscara de lobo y al día siguiente era el chaval más famoso del planeta. Un chico que, como tenía que rodar la escena del Delorean en el instante más frío de la madrugada, pidió algo para no resfriarse y le dieron el que hoy es el chaleco más icónico de la historia del cine. ¿Cómo no va a creer en el destino?

 

https://elpais.com/elpais/2018/08/02/icon/1533218680_303719.html

Dificultades de suministro para Sinemet a la vista

Los ejercicios lentifican los avances del párkinson

Saber que la práctica de actividad física ayuda al corazón, los huesos y la espalda, no es nada nuevo, pero posiblemente sí lo es saber que  el ejercicio aeróbico continuo puede lentificar el avance del mal  de párkinson, un trastorno degenerativo del sistema nervioso.

Por Redacción Buena Vida

Adultos mayores se benefician con la práctica de actividad física, como terapia.

Adultos mayores se benefician con la práctica de actividad física, como terapia.

“Hacer ejercicio aeróbico significa realizar alguna actividad vigorosa que sube la temperatura corporal, hace sudar y cansa”, explica el J. Eric Ahlskog, neurólogo de Mayo Clinic. Ese tipo de ejercicio incluye actividades como caminar rápido o usar la máquina elíptica.

Eso no quiere decir que practicar ejercicios de estiramiento o de equilibrio sea en vano, añade Ahlskog, porque estos ayudan con los síntomas de la enfermedad de Parkinson, tales como rigidez muscular, movimientos lentos o alteración de la postura y el equilibrio.

Pero, en el intento por combatir el avance de la enfermedad neurológica en mención, incluida la demencia que es uno de los resultados más temidos de esta, Ahlskog apunta a estudios científicos que revelan que la actividad aeróbica mejora los factores que potencialmente pueden ejercer un efecto protector sobre el cerebro.

Algunos ejemplos

El ejercicio aeróbico libera factores tróficos, que son unas pequeñas proteínas cerebrales cuyo comportamiento es similar al de los fertilizantes aplicados sobre el césped. De tal manera que  ayuda a mantener las conexiones cerebrales y contrarresta la atrofia cerebral fruto de la enfermedad de  Parkinson y del envejecimiento del cerebro, explica Ahlskog.

Las prácticas modernas de fisioterapia deben incorporar un entrenamiento en ejercicios aeróbicos y promover un acondicionamiento físico para los enfermos de párkinson, para quienes es un problema empezar a practicar ejercicios aeróbicos y continuar haciéndolos.

Allí es donde los fisioterapeutas  desempeñan un papel fundamental para ayudar a contrarrestar el avance de la enfermedad  porque identificarían el tipo de ejercicio más adecuado para alguien, iniciarían el plan de ejercicios y servirían de entrenadores, añade el médico.

La enfermedad

La enfermedad de Parkinson es un tipo de trastorno del movimiento. Ocurre cuando las células nerviosas (neuronas) no producen suficiente cantidad de una sustancia química importante en el cerebro conocida como dopamina. Algunos casos son genéticos.

Los síntomas comienzan lentamente en un lado del cuerpo. Luego afectan ambos lados, entre estos: temblor en las manos, los brazos, las piernas y la mandíbula; rigidez en los brazos, las piernas y el tronco; lentitud de los movimientos y problemas de equilibrio y coordinación.

A medida de que los síntomas empeoran, las personas tienen  dificultad para caminar o hacer labores simples. También pueden tener problemas como depresión y, trastornos del sueño.

Para practicar

  • Empezar lento. Consultar con el médico de cabecera  antes de empezar un programa de ejercicios y aumentar gradualmente, desde 15 minutos a 30 o más.
  • Hacer lo  que a uno le gusta (o tolera). Si hay resistencia a subirse a la bicicleta estacionaria, mejor intentar con la máquina de subir escaleras.
  • También se puede caminar rápido, afuera o dentro de un centro comercial o en una pista.
  • Esforzarse un poco. Si se camina en una pista, por ejemplo, intentar pasar a las demás personas. Si se hacen ejercicios repetitivos, aumentar lentamente la cantidad de repeticiones.
  • Una vez  que la enfermedad de Parkinson se lentifica, es necesario administrar una cantidad adecuada de los fármacos para optimizar la calidad de vida y facilitar el ejercicio.

DETERIORO DE FIN DE DOSIS. → ENFERMEDAD DE PARKINSON Y MÚSICA

La enfermedad de Parkinson es un trastorno neurológico en el que hay una degeneración progresiva del sistema dopaminérgico, lo que da origen a alteraciones relacionadas con el movimiento (como bradicinesia, temblor y rigidez) así como otros síntomas, principalmente de naturaleza cognitiva y psicológicos.

En cuanto a los síntomas relacionados con el movimiento, el ritmo juega un papel crucial en la rehabilitación, ya que la experiencia emocional de escuchar música puede aumentar la liberación de dopamina (el químico cerebral que hace falta en la enfermedad de Parkinson) y el ejecutar la música activa múltiples áreas del cerebro, lo que lleva a un incremento de las conexiones entre el sistema motor y auditivo.

Se ha demostrado que un entrenamiento basado en señales auditivas rítmicas puede producir una compensación de las vías neuronales afectadas en la enfermedad de Parkinson, mejorando la marcha (velocidad, frecuencia y longitud del paso), coordinación de brazos y piernas, control de la postura y el equilibrio. Todo esto debido a que las áreas cerebrales encargadas de la percepción del ritmo están estrechamente relacionadas con aquellas que se encargan de regular el movimiento.

Por lo tanto, el ritmo influencia al sistema cinético (a través de la sincronización y ajuste de los músculos al estímulo auditivo), facilita la sincronización, coordinación y regularización del movimiento, y puede incluso producir un ritmo interno que persiste en ausencia de estímulo.

Se dice que la efectividad de la terapia musical está ligada a lo que los pacientes pierden en la enfermedad de Parkinson “la capacidad de moverse automáticamente”. Por lo que, estos pacientes deben realizar de forma consciente lo que antes hacían de forma inconsciente (caminar, andar en bicicleta) y esto es posible con el ritmo de la música.

Dra. Carol Aguilar Alvarado
Neuróloga
Programa de Parkinson
Hospital de Clínicas.

 

http://neurologia.hospitaldeclinicas.uba.ar/enfermedad-parkinson-musica/

Unas vesículas que hay en la sangre llamadas exosomas permiten transportar dopamina al cerebro

• La cantidad de levodopa que llega el cerebro para transformarse en dopamina es menos del 1% del total de la que se administra por vía oral.

• Es necesario desarrollar sistemas que permitan transportar moléculas con una acción terapeútica al cerebro, como la dopamina.

• Unas vesículas pequeñas de la sangre llamadas exosomas pueden ser utilizadas para transportar dopamina al cerebro.

• Un estudio reciente ha demostrado que los exosomas llegan al cerebro y transportan la dopamina atravesado la barrera hematoencefálico.

• Lo anterior se traduce en un incremento de la función de la dopamina en las zonas del cerebro en las que había un déficit de tal función.

• Es necesario ver que sucede en pacientes con enfermedad de Parkinson.

En la enfermedad de Parkinson hay un déficit de dopamina que genera una menor estimulación de los receptores dopaminérgicos en el cerebro y esto conlleva la aparición de síntomas como el temblor, la rigidez o la lentitud de movimientos, entre otros. Las terapias que utilizamos buscan estimular esos receptores. Como la dopamina no atraviesa la barrera hematoencefálica (barrera que hay entre la sangre de la arteria y el tejido cerebral), administramos levodopa, que sí atraviesa la barrera hematoencefálica, transformándose posteriormente en el cerebro en dopamina. Sin embargo, la cantidad total de dopamina que se forma a partir de la levodopa que administramos es muy baja (menos de un 1%) y además su liberación en el cerebro es muy pulsátil y poco parecida a la que se produce en el cerebro sano, lo cual a la larga conlleva el desarrollo de complicaciones debido a una estimulación errática de los receptores dopaminérgicos del cerebro, como las fluctuaciones motoras y discinesias. En este contexto, está claro que es prioritario no sólo disponer de nuevos fármacos sino mejorar la posible llegada de una molécula con un fin terapeútico al cerebro. Por ejemplo, idealmente, disponer de una herramienta que nos permita administrar dopamina en sangre y que directamente ésta pueda llegar al cerebro y en concreto a las áreas del mismo que selectivamente nos interese estimular.
Este mes se publica en la revista Journal of Controlled Release un trabajo sobre un mecanismo de transporte de dopamina a través de la barrera hematoencefálica diseñado por un grupo de investigadores de China. Ellos utilizan exosomas de sangre periférica. Los exosomas son vesículas pequeñas (tamaño de 40 a 200 nm), esféricas, endógenas, de baja inmunogenicidad que se fijan a la pared de la célula y permiten liberar su contenido a la célula (es como una pompa de jabón que se puede unir a otra más grande sin romperse y verter su contenido a la grande). Los exosomas debido a estas características ya han sido investigados como un posible sistema de liberación de fármacos como paclitaxel, curcumina u otros para tratar el cáncer o enfermedades inflamatorias. Incluso pueden ser utilizados para transportar genes.
Exosomas provenientes de diferentes líneas celulares han sido administrados a través de las fosas nasales para llegar al cerebro y transportar un fármaco, pero se ha visto que al final es una vía poca efectiva en conseguir que cantidades suficientes de fármaco lleguen al cerebro. Una alternativa es utilizar exosomas provenientes de células de la sangre, que parece además tienen una afinidad alta por llegar al cerebro de forma natural.

En base a todo lo comentado, los investigadores desarrollaron exosomas obtenidos de células de la sangre de un animal (ratón) y estudiaron su capacidad de poder llegar al cerebro tanto en experimentos en tubo de ensayo (in vitro) como en un modelo animal in vivo. Después de eso, incorporaron dopamina al interior de los exosomas y analizaron la cantidad que llegaba al cerebro del animal in vivo, para finalmente analizar el potencial efecto terapeútico de dicha acción. Para poder llevar cabo el experimento, los investigadores aislaron y purificaron los exosomas de la sangre de ratones y los marcaron con fluorescente verde para poder de esta forma rastrearlos e identificar donde se encontraban los exosomas. Cuando los investigadores utilizaron estos exosomas en células de cerebro de ratón cultivadas en el laboratorio en tubos de ensayo (in vitro), confirmaron que las vesículas se fusionaron con las membranas celulares y que su contenido se liberó dentro de la célula, volviéndola verde.
Observaron lo mismo in vivo, cuando inyectaron los exosomas en ratones vivos, detectando acúmulos a nivel cerebral de fluoresceína verde. Además identificaron que la acción de los exosomas en el cerebro dependía de la presencia de un receptor concreto llamado receptor de la transferrina y su interacción con la proteína llamada transferrina en las células del cerebro.

Cuando inyectaron a los ratones exosomas cargados de dopamina observaron como la dopamina se acumuló en todos los órganos principales, incluido el cerebro. Por el contrario, los ratones que recibieron inyecciones de dopamina libre (sin uso de exosomas) mostraron niveles aumentados del compuesto en el hígado, pulmón y riñón, pero no en el cerebro. En concreto, con la administración mediada por exosomas, los niveles de dopamina en el cerebro fueron al menos 16 veces superiores a los de los animales tratados con dopamina libre.

Finalmente, al analizar en la autopsia los cerebros de los ratones, los investigadores descubrieron que los exosomas no solo podían atravesar la barrera hematoencefálica sino que podían llegar a alcanzar áreas profundas de cerebro como el cuerpo estriado y la sustancia nigra, áreas típicamente afectadas en la enfermedad de Parkinson. De hecho los ratones con Parkinson (modelo animal) que recibieron exosomas cargados de dopamina presentaron un aumento del 57% en los niveles de dopamina en las áreas del estriado lesionadas en comparación con aquellos que recibieron placebo.

Como conclusión, decir que en este muy interesante trabajo se identifican unas vesículas llamadas exosomas provenientes de la sangre que son capaces de transportar dopamina desde la circulación sanguínea al interior del cerebro en modelos animales de Parkinson y que esto se traduce en un aumento de los niveles de dopamina en el estriado. Puede ser un gran avance que permita que fármacos concretos puedan llegar a áreas determinadas del cerebro.

DIEGO SANTOS GARCÍA
NEUROLOGÍA, CHUF (COMPLEJO HOSPITALARIO UNIVERSITARIO DE FERROL), FERROL, A CORUÑA

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